En su artículo The Coming Revolution, Jason Epstein defendía con entusiasmo las novedades que acarrea la edición electrónica. El escrito, publicado por vez primera en The New York Review of Books, el 2 de noviembre de 2000, causó un notable revuelo en la industria del libro estadounidense. Según sus panegiristas, Epstein fue un decidido modernizador durante su etapa como director editorial de Random House, y por motivos de orgullo literario, también figuran en su leyenda la fundación del suplemento antes citado y premios como el National Book Award for Distinguished Contribution to American Letters. De ahí que sus palabras, sobre todo en ciertos oídos, sonasen a profecía.
En los primeros escalones de esta nueva experiencia editorial, parece claro que tal culto a la novedad informática no retrocede frente a ninguna cautela bibliófila. En todo caso, está por demostrar si un nuevo dispositivo de lectura (el e-book o libro electrónico) se ofrece como una realidad posible, capaz de acompañar e incluso sustituir al libro tradicional.
En su deseo de establecer un futuro tan difícil de aferrar, hay analistas que sucumben a la tentación de predecir el fin absoluto de los sistemas de edición actuales, y trazan ese panorama a corto plazo, aun sabiendo que su lectura pertenece al campo de la hipótesis.
Visto desde esta perspectiva, resulta preferible atender a quienes atenúan la polémica.
A este propósito, he aquí unas líneas muy significativas del famoso artículo de Epstein: “Si bien las nuevas tecnologías modificarán la vía de transmisión de los libros, la tarea del autor continuará siendo esencialmente la misma que desempeñó Homero al cantar la Odisea o Dickens al presentar sus novelas, capítulo a capítulo, frente a una audiencia encantada. Por lo tanto, la experiencia de los lectores también seguirá siendo la misma, tanto si acceden a páginas electrónicas como si encargan libros en un quiosco de su barrio, donde una máquina, tan eficaz como un cajero automático, imprimirá al instante un volumen indistinguible de cualquier otro que esté impreso del modo tradicional, y no más caro de producir”.
Variantes en la transmisión digital
Los lectores que aspiran a reducir el espacio ocupado por su biblioteca ya disponen de instrumentos como el CD-Rom o el DVD, que han sustituido las voluminosas enciclopedias de antaño por ligeros discos portátiles, diseñados para facilitar la búsqueda hipertextual y el disfrute de archivos sonoros y videográficos.
La ejemplificación de esas novedades podría continuar en un catálogo muy vasto, rico y más participativo: a buen seguro, ya son legión quienes leen diarios y revistas a través de Internet, y numerosos investigadores habrán accedido a tesis doctorales a través de la Red. En todo ello hay un indudable afán de búsqueda y conocimiento que explica asimismo la buena acogida de los libros clásicos en la malla virtual.
Y es que, en efecto, son muy abundantes las bases de datos que facilitan el texto digitalizado de volúmenes liberados del derecho de autor. Sobresale entre ellos el Proyecto Gutenberg, donde se albergan numerosos títulos en lengua inglesa. El divulgador científico Arturo Escandón defiende que dicho proyecto “fue, sin duda, uno de los primeros y más importantes impulsores del libro digital. De hecho, comenzó en Estados Unidos en 1971, gracias al tesón de Michael Hart, por aquel entonces estudiante de la Universidad de Illinois, y gran defensor del acceso universal y gratuito a los fondos de dominio público. Cabe añadir que su iniciativa ha sido contrarrestada, sin suerte hasta ahora, por la industria editora norteamericana, que se empeña en hacerse con los más diversos fondos editoriales”.
Para quien, como Escandón, ha quedado fijada la correspondencia entre idioma y predominio en la Red, describir este cuadro resulta poco favorable para los hispanohablantes. “Los anglosajones –advierte– nos han sacado mucha ventaja. Grandes editoriales inglesas y norteamericanas vienen desde hace dos décadas recopilando colecciones enteras de revistas electrónicas, debidamente conectadas a buscadores que reemplazan al bibliotecario tradicional. Estos fondos editoriales contienen no sólo el catálogo sino el texto completo de los artículos. Consorcios universitarios en Europa y Estados Unidos permiten a los estudiantes acceder con una sola clave a redes que comprenden varias de estas bases de datos. En algunos casos, hablamos de más de quince mil publicaciones universitarias mensuales, aparte de periódicos de corte generalista. En Reino Unido, resalta el consorcio Athens, dependiente de National Information Services and Systems, y fundado cuando éste pertenecía a la Universidad de Bath. En total, reúne un millón de usuarios que consultan regularmente un centenar de fondos completos y catálogos bibliográficos. Desconozco la existencia de un consorcio español o iberoamericano que cumpla la misma función. La dispersión del mundo hispano y lusohablante en las redes me parece sobrecogedora, principalmente en el ámbito de la educación superior”.
¿Qué le ocurre, pues, a la inserción de nuestros clásicos en la Red?
Aquí, más que en fondos amplios debemos fijarnos en obras aisladas. En 1998 se daban a conocer varios proyectos de ese orden: bajo la dirección de Andrés Elhazaz, el Centro Virtual Cervantes acometía entre otros planes la digitalización del Quijote, en concreto el texto anotado que preparó Francisco Rico para el Instituto Cervantes.
Con parecido propósito, Eduardo Urbina, profesor de Español y Estudios Hispánicos en la Texas A&M University, encabezaba el Proyecto Cervantes 2001, concebido a finales de 1994 con el propósito de recoger las obras completas de Cervantes en varias ediciones y versiones. Siguiendo esta senda, el índice de novedades ha crecido en los últimos años de forma considerable.
Pero hay que seguir un poco más adelante.
El paso del Noroeste
Quizá de modo arbitrario, hemos pretendido reseñar, por un lado, las primeras fórmulas de edición digital (CD-Rom y DVD), y por otro, esa biblioteca sin límites que inaugura Internet. Pues bien, en medio de todo esto, aparece el siguiente eslabón, previo al libro electrónico propiamente dicho. Sabido es que la llamada librería virtual dejó abierta la oportunidad para adquirir, a través de la Red, los títulos incluidos en un determinado catálogo. De ahí a improvisar un espacio interactivo, enriquecido por reseñas y artículos, y donde fuera sencillo escoger y comprar, sólo había un paso. Paso que dieron con buena fortuna Amazon.com y otras empresas afines, responsables de introducir entre los lectores la costumbre de obtener libros en el mercado electrónico.
Por lo que hace a nuestro tiempo, es consolador y estimulante ver en este empeño los avances de la distribución editorial. Para comenzar, gracias a las tiendas virtuales, el comprador comienza a advertir lo dudoso del método que representan muchas librerías convencionales y también las grandes cadenas, por lo común sometidas a la rápida rotación del mercado y atentas al rendimiento individual de cada ejemplar. Librerías donde el fondo, cada vez más corto en clásicos, ha de ser renovado sin tregua, y que por ello contrastan con los comercios de Internet, cuyo censo de libros, quién sabe por qué azar, suele colmar nuestra necesidad de buscar nuevas referencias, por singulares que éstas sean y por alejado que se encuentre nuestro hogar del punto de venta.
En este proceso, en el cual se refleja el entusiasmo contagioso de la nueva informática, no es aventurado suponer la importancia de dos experiencias deslumbrantes: los libros a la carta, editados exclusivamente en Internet e impresos mediante ingenios cada vez más audaces; y los dispositivos electrónicos de lectura, diseñados con el afán de sustituir al clásico tomo de papel. Toda vez que la expresión libro electrónico nos ha de servir para identificar ambos hallazgos, y como presumiblemente no faltarán bibliómanos que los repudien, intentaremos entresacar, en unas cuantas líneas, varias de las sorpresas tecnológicas que han de transformar el oficio de editor.
En su libro La edición sin editores (Destino, 2000), André Schiffrin proyectaba las tinieblas del horizonte editorial contemporáneo (la concentración de empresas, el tratamiento del libro estrictamente como mercancía).
Descartando la esperanza, como quien relata un ocaso inevitable, otros autores han insistido en los mismos males, de honda raíz sociológica. Tal vez por esto valga la pena describir el nuevo escenario mercantil e intelectual que fomentan las computadoras y, en lo posible, describirlo sin fantasías ni sensacionalismo.
Imposible no acudir a los expertos.
(Este reportaje fue publicado previamente por la revista Cuadernos Hispanoamericanos
Repitamos lo ya apuntado por Arturo Escandón: “Fue un estudioso mcluhanista de las comunicaciones, Paul Levinson, quien consideró a los ordenadores como nuevos libros. Internet es ciertamente un gran libro nunca completado, de características similares al Aleph borgiano. Los saltos que permite el hipertexto, la capacidad de buscar y encontrar información, las nuevas formas de catalogarla, o desarticular nuestras inútiles o arbitrarias formas de establecer órdenes o taxonomías, configuran un espacio nuevo y dinámico que podríamos llamar libro postmoderno. La metáfora es precisamente el hipertexto, es decir, un texto que se comunica con otros textos distribuidos en una red de conexiones desconocidas”.
La historia reciente nos suministra imágenes de ese modelo. En el tablero de diseño de Vannevar Bush fue donde, hacia 1945, apareció el primer esbozo de un libro electrónico: el Memex. Dicho artefacto nunca se llegó a comercializar. Debe suponerse, no obstante, que el artilugio debió de tener cierto alcance, a causa por lo menos de su influjo en posteriores diseñadores. Bush no estaba lejos de creer que el futuro de los ordenadores pasaba por una pantalla de lectura.
El proyecto no era un juguete inconsciente, pero pasó por numerosas vicisitudes antes de convertirse en realidad. De ese proceso, mucho de lo que en rigor puede decirse queda resumido en la siguiente anécdota de Javier Sánchez Ventero, miembro del Technical Council of Software Engineering y del Institute of Electrical and Electronics Engineers: “Fueron los propios usuarios quienes dieron un paso más allá cuando empezaron a utilizar las primeras Personal Data Assistants (PDA o agendas electrónicas) armadas de conexión a la Red. Muchos de estos usuarios adquirieron la costumbre de utilizar los módem inalámbricos que incorporan estos dispositivos. De ese modo, transfiriendo desde la Red las páginas de los periódicos del día, les resultaba posible leerlos en sus agendas”.
Añádase aquí otro caso memorable: el libro electrónico que fue mostrado en la Feria de Francfort de 1998. Los primeros usuarios pudieron comprobar que, en efecto, se trataba de una máquina similar a una agenda electrónica. Denominado Rocket eBook, el instrumento era presentado por la empresa NuvoMedia. En las fotografías publicitarias, no sin intención, el artilugio de marras permitía leer una página de “Alicia en el País de las Maravillas”.
Caprichos tecnológicos
El tamaño del Rocket eBook, equivalente al de un libro de bolsillo, concentraba una tecnología muy notable. Al igual que un ordenador, permitía ajustar el tipo y tamaño de la letra, avanzar o retroceder por el texto y diseñar marcadores y notas. Además de una considerable capacidad de almacenamiento, el aparato incluía un dispositivo de recarga, mediante el cual añadir nuevos títulos a su depósito digital. Divergente en diseño, el SoftBook Reader, de la firma SoftBook Press, apareció por las mismas fechas, ofreciendo un repertorio de empleo similar al del Rocket eBook. La novedad de ambos modelos era evidente. Hasta ese momento, para leer un libro archivado en una computadora era preciso imprimirlo previamente.
Gracias a las dos primeras variantes del libro electrónico, el lector podía sustituir el papel por la pantalla del nuevo dispositivo portátil. Por otro lado, según explica Sánchez Ventero, “estos aparatos disponen de un módem para conectarse a Internet o a un centro servidor de libros, donde el cliente puede mantener su cuenta sin necesidad de disponer de espacio en el propio dispositivo. En cierto sentido, es como poseer una biblioteca privada y accesible, pero totalmente virtual”.
En enero de 2000, la compañía Gemstar-TV Guide International se hizo con las empresas NuvoMedia y SoftBook, formando el consorcio Gemstar eBook Group Limited. Un posterior acuerdo con Thomson Multimedia sirvió de preludio al lanzamiento industrial de las mencionadas patentes de libro electrónico.
Así y todo, en los meses que siguieron a esta alianza, otras corporaciones se sumaron a la competencia, inmersas en un mercado nuevo, donde prácticamente todo podía ocurrir. Vistas así las cosas, era de suponer que nuevas mejoras y enmiendas irían perfeccionando los prototipos con el fin de situarlos en el colofón tecnológico.
Si observa el catálogo de los últimos cinco años, el curioso dispone de los siguientes dispositivos de lectura electrónica: el REB1100, de RCA, diseñado como la segunda generación del Rocket eBook; el REB1200, también fabricado por RCA, esta vez a partir del SoftBook Reader; y el eBookman, cuya patente pertenece a la empresa Franklin Electronic Publishers. En las siguientes líneas de dicha lista, figuran los modelos GoReader, Palm PDAs, Handspring Visor, Compaq iPac H3600 Series, Hewlett Packard Jornada 540 Pocket PC Series, Casio Cassiopeia E-125, Casio EM500 Series Cytale y Korea eBook.
Ni que decir tiene que esta historia tecnológica no ha llegado aún a un punto satisfactorio. En 2003, los sabios de la compañía Hewlett-Packard, bajo las órdenes de Anthony Sowden, crearon otro dispositivo, esta vez muy similar a un libro convencional: un centímetro de ancho y medio kilogramo de peso, con una pantalla de alta resolución que permite pasar las páginas.
Estas declaraciones de Sowden a la BBC dejan claras las premisas del proyecto: “Lo primero que hicimos –explica– fue reconsiderar por qué los libros electrónicos no han tenido mucho éxito. Nos preguntamos qué tenía que hacer un libro electrónico. Así que, en lugar de tomar una pequeña computadora y transformarla en un libro, comenzamos con un libro y le hicimos una versión electrónica”.
En el mencionado prototipo cabían unas diez novelas de alrededor de doscientas páginas cada una. Decir esto y quedar fuera de ritmo viene a ser la misma cosa, porque el desarrollo digital hará que una biblioteca entera se comprima en este tipo de artilugios.
Sorprende que, con estos avances, haya quien se plantee el camino inverso. Así, Internet Bookmobile, de Brewster Kahle, permite transformar un libro digital en un volumen de papel, encuadernado en diez minutos por el precio de un dólar. El sueño del editor casero queda así definitivamente resuelto.
Avances y retornos
Cosa curiosa: esa fijación de jalones acaba señalando un retorno. Dice Arturo Escandón que el libro digital portátil “tratará de algún modo volver a la organización normativa de la página, que se había perdido en la lectura de la pantalla del ordenador. Es decir, repetirá el esquema del libro de papel, cuya importancia radica en el hecho de que nuestra memoria está estrechamente relacionada con la organización espacial del texto. Pero además, el libro digital va a ofrecer interacción. Es una mezcla difícil de lograr, que requiere un salto técnológico importante y cuyos efectos psicosociales aún desconocemos por completo”.
Es interesante notar que este perfeccionamiento se relaciona con otra variante de la edición electrónica, situada en distinto pórtico. Como se vio más arriba, imaginamos el beneficio que Internet ha proporcionado al lector de clásicos. Pero a ese proyecto, aún por redondear, se añade un hecho que vino a modificar substancialmente el entorno literario en la Red: la publicación de textos inéditos, cada vez más extensos.
De forma gratuita, autores noveles comenzaron a ofrecer la versión digital de sus obras, y lo más notable es que esta cortesía fue bien recibida por los internautas. Nadie se benefició comercialmente de la operación hasta que, siguiendo un plan bien estudiado, Stephen King tomó un atajo elegante.
Ya que hacemos aquí un poco de historia, debemos examinar esa nueva perspectiva del libro electrónico: esta vez publicado en Internet, adquirido mediante tarjeta de crédito y legible en el ordenador mediante un programa diseñado a tal efecto.
En marzo de 2000, la editorial Simon & Schuster editaba la novela breve Riding the Bullet, de Stephen King, exclusivamente a través de Internet. Durante las veinticuatro horas posteriores a su lanzamiento, cuatrocientos mil lectores habían adquirido el texto, vendido al precio de dos dólares y medio.
Lógicamente, la experiencia sedujo e inflamó el ánimo de los editores, que pronto comenzaron a diseñar nuevas posibilidades. Random House, Time-Warner Books, McGraw-Hill y la propia Simon & Schuster, cada una en su grada, crearon divisiones comerciales y abrieron espacios en la Red para vender nuevos libros electrónicos.
Acaso en ese punto se sitúa la diferencia más notable entre los antiguos modos de edición y los que se adivinan en el porvenir: los libros de la nueva experiencia son vendidos a través de la Red, y luego es posible disfrutarlos en la pantalla del ordenador o en dispositivos de lectura como los anteriormente mencionados. Y como el placer puede ser fetichista, quienes anhelen el tacto del papel, pueden conseguir un volumen impreso y encuadernado instalando el archivo digital en una máquina automática que, según sus promotores, será la expendedora de libros del futuro. Inscrita en lugar original, la novedad sienta las bases de una estructura productiva que, a juicio de los más entusiastas, exige el inmediato reciclaje de imprentas, empresas de artes gráficas y librerías
Tras ocupar su lugar en este escenario, Stephen King decidió afinar la propuesta. El móvil era claro: si Riding the Bullet se había comercializado tan felizmente en el circuito digital, ¿por qué no continuar la oferta prescindiendo del editor?
Así fue como, apoyándose en la publicidad obtenida, King incluyó en julio de 2000 una nueva creación en su página de Internet.
Tenía previsto publicar el folletín The Plant a lo largo de varias entregas, cada una al precio de un dólar. Paradójicamente, el escritor mejor pagado del mundo (8.272 millones de pesetas en 2000, según “Forbes”) animaba a sus lectores con la siguiente declaración: “Amigos míos, tenemos la oportunidad de convertirnos en la peor pesadilla de los grandes editores”.
Pese a un comienzo favorable e incluso embriagador, The Plant representó un ceremonial deslucido, carente del brío de su predecesor y castigado por la piratería.
Tampoco se puede decir que confirmase las virtudes de la edición electrónica: King es una franquicia literaria que siempre asegura un público numeroso. No obstante, su ejemplo, en sus innumerables posibilidades, fue deslizándose hacia otros límites.
Así, durante el verano de 2000 se añadió a Internet la edición electrónica de La resistencia, de Ernesto Sábato, a modo de avance de su versión impresa. Y el 3 de noviembre de ese mismo año, Alfaguara publicaba en otra región de la malla El oro del rey, cuarta entrega de las aventuras del Capitán Alatriste, de Arturo Pérez Reverte. Situada a lo largo de un mes en un anaquel digital, la novela del español pudo adquirirse a cambio de quinientas pesetas.
Prescindiendo de los encantos del papel, por primera vez los descifradores de la Red daban con una creación extensa e inédita de un autor europeo de fama.
Las dimensiones del negocio
Ya en el terreno práctico, esos ejemplos permitieron que comerciantes con ingenio gozasen con los mismos juegos. En abril de 2001 se presentaba en Madrid una de las primeras editoriales digitales españolas, novalibro.com, cuyo catálogo, generado por archivos informáticos, ofrecía títulos a quinientas cincuenta pesetas.
En fecha cercana, Planeta y Microsoft emprendieron un negocio afín: la librería virtual veintinueve.com. En definitiva, dos facetas del mismo comercio: la venta de libros a través de un servicio digital (al estilo de Amazon.com) y la edición exclusiva de textos no impresos (emulando a King y a otros como él).
Renovando el procedimiento, Internet ha divulgado un modelo de autopublicación que también propone inconvenientes. Uno, acaso el más grave, la ausencia de filtros, ha sido reiterado por quienes destacan la vulgaridad literaria de la mayoría de los textos que transitan por la Red.
Existe asimismo un riesgo de monopolio, como denuncia el editor chileno Álvaro Rojas, responsable de internet-edition.com: “La firma Gemstar mantiene un servidor o computador central conectado permanentemente a la Red en el que están los libros electrónicos con el formato que ellos han definido. El cliente solamente puede comprar los libros desde ese servidor y los obtiene solamente en ese formato. Gemstar intenta que las editoriales pacten con ella, en condiciones poco ventajosas, la publicación de sus fondos editoriales. El empeño de los organizadores de esta compañía es lograr que las editoriales –que ellos denominan publishers– entreguen sus manuscritos y los derechos que sobre éstos tienen, a cambio de un porcentaje del precio de venta. Porcentaje que equivale aproximadamente a un 5%, a cambio de entregar a Gemstar todo el trabajo de distribución y comercio en la Red”.
Como casi ha logrado el monopolio en la fabricación de dispositivos de lectura (recuérdese cómo se hizo con NuvoMedia y SoftBook), Gemstar eBook Group Limited “pretende manejar todo el negocio editorial en la Red, y está intentando repetir la historia del éxito de Bill Gates, pero esta vez con los libros. Sin embargo, resulta evidente que la suya es una batalla perdida. En primer lugar, porque las editoriales y los autores no se sienten seducidos por la oferta leonina de Gemstar. En segundo término, porque la venta de sus aparatos progresa de un modo irregular: si los clientes pagan 450 dólares por un dispositivo lector, es lógico que quieran leer libremente todos los libros que se ofrecen en el mercado. Y eso es algo que pueden hacer sin limitarse al formato exclusivo de Gemstar: por ejemplo, la oferta de la editorial inglesa Barnes and Noble es muy grande y sus libros electrónicos tienen un formato universal”.
Predicciones y dilemas
Los cálculos de Álvaro Rojas, pese a tener ya cinco años de antigüedad, resultan reveladores: “El costo de una edición electrónica ronda el 25% del costo de una edición impresa convencional. El trabajo de los especialistas que dan forma al libro electrónico es relativamente caro y las instalaciones necesarias para hacerlo también lo son, pero están al alcance de muchos en Europa o los Estados Unidos. En el fondo, la clave del asunto reside en el conocimiento de los métodos más que en la maquinaria o en los materiales. Por todo ello, está claro que se editará mucho más que antes, y por fin el lector estará seguro de que no se perderá a un genio de las letras porque ningún editor quiso editarlo”.
Semejante trastocamiento del escenario provoca no sólo un nuevo tipo de relaciones entre el escritor y sus lectores, también un cambio de registro en cuanto a los beneficios y, como veremos, en lo que concierne a los derechos de autor.
Desde su origen, el deseo de abaratar y, por ende, difundir en mayor grado el producto actúa como impulsor de estas iniciativas (Stephen King y Pérez Reverte defendieron ese argumento). Pero al obrar de precursores, estos proyectos desarticulan viejas categorías y plantean nuevos problemas.
Por su carácter admirable y cautivador, el objeto que llamamos libro implica fetichismo, culto y placer sensorial, no necesariamente relacionados con su lectura. En contraste, el libro electrónico se convierte en un puro dispositivo legible, extremadamente provechoso, dúctil y más duradero, pero sin latencias connotativas.
Se ha conjeturado que éste es un problema básico del comercio, pues muchos volúmenes se adquieren por gusto, costumbre y afán de colección, pero no para leerlos. En esta línea, resulta difícil imaginar que un libro electrónico sea comprado con un propósito ajeno a su lectura o consulta.
No ignoremos otros inconvenientes. Para cumplirse la expectativa más feliz, han de darse una serie de condiciones, y la primera es ésta: una mínima compatibilidad de formatos para toda la maquinaria, que además redunde en su seguridad. Hasta el momento, las técnicas criptográficas de protección se han desarrollado en competencia con la piratería informática. Pues bien, lo mismo que las transacciones monetarias, la propiedad intelectual también ha de quedar salvaguardada mediante la criptografía.
Cuestión de derechos
“El libro electrónico –explica Sánchez Ventero– se adquiere mediante los habituales procedimientos de compra en la Red, y luego se transfiere desde la tienda virtual hasta la computadora del comprador. Además del libro, dicho cliente recibe, de forma gratuita, una copia del programa que permite leer el ejemplar. En la actualidad, este mercado se reparte entre los programas Acrobat e-book Reader y su variante de la marca Microsoft. En teoría, una asociación entre el número de serie de este programa y el e-ISBN del libro (su ISBN digital) evita que el usuario pueda hacer copias piratas. Pero, insisto, esa imposibilidad es tan sólo una teoría”.
En segundo lugar, sería deseable un análisis profundo de la nueva perspectiva financiera. Si es cierto que, mediante ese modelo editorial, cabe reducir gastos de producción, almacenamiento, distribución e inventario, quién sabe hasta dónde repercutirá todo ello en la ganancia de los escritores, y en qué medida perjudicará al gremio de los libreros.
Imposible llegar a conclusiones. En todo caso, es de sospechar que no siempre se cumplirá el pronóstico de Epstein, quien vaticina un generoso incremento de los derechos de autor.
Nadie ignora que las novedades tecnológicas suelen originar el entusiasmo de los analistas. En el caso del libro electrónico, al arrebato no se le pone freno. Los portavoces de Microsoft aseguran que dentro de veinte años, el noventa por ciento de todos los títulos llegarán simultáneamente al mercado en papel y en formato digital.
A comienzos del nuevo siglo, la consultoría PricewaterhouseCoopers publicó que en el año 2004, el 26 por ciento de los libros vendidos serían electrónicos, incluyendo en esta categoría los dispositivos especiales de lectura, los volúmenes impresos y encuadernados en máquinas expendedoras, y los títulos adquiridos en la Red, en forma de archivo digital. El equipo de cabalistas de Andersen Consulting ubicó ese optimismo en 2005: nada menos que veintiocho millones de personas participarían en el festín electrónico.
Lo cierto es que esos datos, más que confirmados en 2007, muestran con claridad que este era un futuro fácil de predecir.
Preferimos ahorrar al lector otros informes. En indicaciones así, brilla un mercado en alza, y su fórmula es la misma que impulsó otros hallazgos de la cibercultura.
Además, de acuerdo con Sánchez Ventero, la tecnología ofrecerá nuevas vías de salida, a cual más prodigiosa: “El interior de un dispositivo SoftBook resulta similar al de un ordenador portátil, por lo que la lectura puede llegar a amenizarse con sonidos. Así, pues, estamos ante una futura fusión de libro y audio-libro. Por ahora, la ligereza del plástico de la carcasa no evita que el SoftBook pese casi el doble que un libro del mismo tamaño. Pero los próximos saltos tecnológicos nos traerán nuevas sorpresas. El llamado papel electrónico, en estado de gestación en el Massachussets Institute of Technology (MIT) y en el Palo Alto Research Centre (PARC), ha de aligerar el peso y el tamaño de estos dispositivos, popularizándolos mucho más. Con un grosor ligeramente mayor que el del papel de elevado gramaje, llegará a disponer en breve de las mismas características que hoy poseen los monitores de los ordenadores portátiles y las agendas electrónicas. Para hacernos una idea de lo que esto supondrá, pensemos que la pantalla suele ocupar el 50% del espacio de una agenda. Con este papel digital, el dispositivo podría llegar a ser tan grueso como un disquete”.
Por otro lado, según Álvaro Rojas, este portentoso papel electrónico, equivalente a una finísima pantalla de ordenador, ha de poner en acción otras maravillas: “podrá ser encuadernado en un libro con las páginas que sean necesarias. Ciertamente, el objeto tendrá el aspecto exacto de un libro, pero será un computador altamente especializado en el que se podrán guardar varios libros: los que aparecerán tipográficamente en cada página dando una orden electrónica. Se cumplirá así el sueño de Borges de tener un libro de todos los libros”.
Tras su comercialización en 2007, el Sony Reader y un nuevo dispositivo de Amazon, el Kindle, son los nuevos eslabones que se incorporan a esta cadena de artilugios de lectura. Con un excelente futuro por delante, el Kindle, presentado como el iPod de los libros, ofrece importantes prestaciones como lector portátil, capaz de almacenar casi una biblioteca en un volumen inferior a los 300 gramos.
Hasta aquí, diríase que bastan el autor, el lector y una línea digital para determinar el nuevo paradigma que anunciaba Jason Epstein. Si es cierto que todo ello ha de resolver satisfactoriamente los problemas del mundo editorial, ya sólo resta una duda por descifrar: el número de personas que en ese porvenir tan próximo han de buscar sentido en los libros, bien sean éstos de papel o de cuarzo líquido y multiforme.